domingo, 16 de julio de 2017

Decorando con palabras #2



¡Hola! Os recuerdo que esta sección la hago junto a mi amiga del blog Galería de una desconocida  
y consiste en que le pedimos una foto cualquiera a uno de nuestros amigxs/familiares y a partir de ella hemos de escribir cualquier cosa que se nos ocurra. No hay límite de palabras, ni ha de ser de ningún estilo o tema en particular. La foto de la semana y su texto correspondiente es el siguiente. Espero que os guste :)



 

Antes de llegar a abrir los ojos noto cómo la cama se hunde un poco a mi lado y ya sé que se trata del pequeño Gulliver. Como cada día puedo escuchar su jadeo para, segundos después, notar su lengua en mi mejilla. Para variar, como cada día le respondo con un “¡buenos días a ti también, chico!” mientras acaricio su cabeza.

A pesar de que son las siete de la mañana, hoy no tengo que trabajar. El problema es que el pequeño Gulliver se ha acostumbrado a ser mi despertador personal y no distingue un domingo de un lunes. Aun así yo nunca fui una persona de las que se levantan muy tarde, por lo que no me molesta estar despierto tan temprano.

Al incorporarme veo que el pequeño ha estado haciendo de nuevo otra de sus trastadas y, aprovechando que por despiste me dejé el armario abierto anoche, ha decidido esparcir la ropa que tenía doblada en la parte baja de este por todo el suelo. Sinceramente, no es algo que me sorprenda; desde el primer momento que lo vi junto a ella ambos supimos que no se trataba de un perro fácil.

Tras cinco minutos ordenando la ropa que se encontraba desparramada, veo que una de las camisetas se ha colado por detrás de las cajas de zapatos y, en un intento de alcanzarla, la veo. Esa caja negra con remaches plateados que llevaba meses sin cruzar mi mente y que, con un simple vistazo, puede despertar tantos sentimientos distintos en mí. Aunque me encontraba un poco reticente, decidí cogerla ya que tenía mucha mañana por delante y pensé que no sería malo matar un poco el tiempo trasteando su contenido.

De esa forma, sentado en el suelo y con las manos un poco temblorosas, abrí y giré la tapa para leer, de mi puño y letra, “Personas que se fueron, notas que perduraron”. Y ahí está, todo aquello que escribieron las que un día fueron personas realmente importantes en mi vida y, para qué mentir, todavía siguen estando en el fondo de mi mente.

La primera nota que encuentro es la carta que me solía mandar mi madre cada semana para preguntarme cómo iba “por las Américas”. A pesar de que lo discutí muchas veces con ella, se negaba a que hablásemos por Whatsapp ya que decía que le quitaba encanto a la comunicación. Ahora me alegro de su cabezonería porque así puedo releer las cartas y ver cómo, cada una de ellas, iba acompañada de una foto que se tomaba con mi padre en un lugar distinto de todos los que había frecuentado de forma asidua en mi infancia. Y es que mi madre no solo sabía hacerme sentir cerca de ellos, sino también cerca de lo que hoy en día sigo llamando mi hogar.

Dejo sus cartas donde se encontraban; apiladas en una esquina de la caja para hacer hueco a otras notas como la primera carta de amor que me escribieron (y la única), la hoja de dedicatorias de los amigos que hice en un campamento de verano entre otras hojas adornadas con distintas caligrafías. Y es en un intento por recolocar todas estas bien que viene la catástrofe; es ver ese sobre de color verde y siento como si todas las cartas que hay en mi regazo pesasen toneladas en vez de gramos. El sudor se acumula en mi nuca y yo solo tengo ojos para esa carta al igual que una vez solo tuve ojos para ella.

Soy ridículo. Tanto que podrían hacer conmigo una viñeta de las que publican los periódicos en forma de sátira. Me imagino en mi mente cómo, un hombre de bigote espeso y café en mano, pasa las páginas del periódico para ver un boceto de mí intentando ser aplastado por notas y más notas de gente que se fueron y que solo dejaron retazos de papel para que los recordase. Tan increíblemente amables o crueles que esas hojas fueron destinadas a que mi corazón nunca pudiese sanar ni llegar a olvidarlos. Me cabreo conmigo mismo al pensar que solo con llegar a ver esa carta puedo sentirme tan abrumado, como si las paredes se me viniesen encima y, en un intento desesperado por salvarme, empujase mis manos contra ella pero solo sirviese para que venirme aún más abajo.

Casi diez meses después aquí sigo intentando pasar página, pero la vida no me lo está poniendo fácil. Semanas tras leer la carta de sobre verde me volví a encontrar a ese perro que en un futuro se convertiría en Gullivert, mi fiel compañero. Esta vez ella no estaba a mi lado llevando ese vestido de flores que le daba un aire parisino, ni era ella la que se intentaba acercar al perro en un intento de lograr acariciarle; ahora solo estaba yo. Vestido con mi chaqueta oscura para protegerme del frío y en cuclillas para intentar acercarme al perro, le dije “ven chico, ¿te acuerdas de mí?” tras eso, aunque un poco asustado, esta vez se acercó unos pasos. ¿Sinceramente? No necesité más. Sé que él era merecedor de una segunda oportunidad y yo pensaba dársela ya que ella me negó la mía tras su huida.
 
Ahora miro cómo Gullivert se encuentra sentado entre mis sábanas, fijándose en mí con esos ojos limpios que solo pueden ser parte de seres con mentes puras. Con solo una mirada y un movimiento de su cola, hoy Gullivert me recuerda que, al igual que hubo muchas cosas que terminaron con ella, también hay muchas otras que empezaron tras su marcha. Me siento más valiente y preparado, y aunque todavía su recuerdo me duele, poco a poco me voy haciendo a la idea de que no es más que otra de esas personas que pasan a formar parte de las que se fueron y dejaron notas para el recuerdo. Así que, con el corazón menos desbocado y un pulso más firme, saco la carta y comienzo a leer para intentar de una vez llegar a ese punto en el que deslizar mi mirada por su letra deje de doler:

"Querido Lucas:

Te estarás preguntando qué hace una carta dirigida hacia ti en..."



miércoles, 12 de julio de 2017

Perdona que te moleste

Titubeas, siempre hay un momento de duda. Lo piensas, cuentas en tu mente hasta tres y simplemente dejas que fluya. “Felicidades, lo has hecho.” –piensas- “Te has abierto a esa persona." A partir de ese momento los ritmos se aceleran esperando una respuesta (sabes que no todo el mundo puede comprenderlo, que no todo el mundo sabe o quiere hacerlo) pero no pierdes la esperanza de que esta persona sea una de las pocas elegidas, de aquellas que están dispuestas a volverse vulnerables para sostener por un tiempo parte de tu dolor y hacerlo todo más sencillo. Todo comienza de una forma insulsa y de repente los rumbos han cambiado, la brújula ha mostrado una guía nueva a la que te puedes agarrar. Desaparece el miedo: esa persona te hace sentir cómoda y válida; te hace sentir que quizás valió la pena esperar a que llegase ella.

Porque no nos engañemos, las conversaciones que sanan surgen con personas que alivian, miman y cuidan esas heridas a las que tú solo sabes echar sal. Es justo ese momento en el que te das cuenta de que quizás no tengas que hacerlo todo solo, que a veces está bien abrirse, dejar las heridas reposar y que, como heridas que son, duelan pero hagan algo más; avancen, vayan sanando poco a poco y acaben dejando una cicatriz que muestre una piel más rosada. Aquella piel que resplandece con más fuerza con el sol y que te recuerda que hay que estar felices de que brille hoy, porque eso significa que algún día oscureció una parte de ti.

Hoy doy gracias porque, aunque no lo haya hecho de forma directa, he dicho sin palabras y únicamente con miradas: “Perdona que te moleste. Perdona que vaya a soltarte todo esto pero simplemente me siento demasiado cómoda a tu lado.” Y cuando lo sueltas a escondidas, con miedo, rápido por si tienes que retirarte antes de la gran caída, existe ese temor de que no exista una retirada a tiempo. Pero hoy estabas tú, una de esas personas que te hacen ver que andas por la vida como un vaso colmado de agua que, al filo de la mesa, cuenta con las mismas posibilidades de caerse, derramarse y romperse, como de tambalearse y que lo sostengan. Tú hoy fuiste esa mano, esa conversación para estar agradecida no solo porque tú también te has abierto a mí, sino porque has creado ese ambiente que me ha permitido abrirme a mí y aprender pedacitos de mi interior que se escondían.


Porque eres una persona que inspira, porque nada más despedirme de ti he empezado a escribir esto de camino a casa. Por eso siento que hoy, al marcharme, la única forma que conozco de darte las gracias es esta.

domingo, 9 de julio de 2017

Decorando con palabras #1




¡Hola! Hoy traigo nueva sección, en este caso en colaboración con mi amiga del blog Galería de una desconocida. Esta consiste en que algún amigo/a o familiar escoge una foto por nosotras y a partir de ella tenemos que escribir lo que nos inspire. No hay un número fijo de palabras que debamos escribir ni ningún estilo en concreto, simplemente consiste en dejarse llevar.

 En este caso nuestra primera foto es la siguiente:





Querido Lucas:

Te estarás preguntando qué hace una carta dirigida hacia ti en la mesa del salón, donde debería de estar esa figurita que te empeñaste en comprar en aquel mercadillo que circundaba el paseo marítimo y que sabías que me parecía de lo más bizarra. La respuesta la tienes aquí, porque al igual que antes no me callé lo que sentía, pienso que no sería justo que lo hiciese ahora.

¿Recuerdas ese paraguas rojo? Él fue el detonador de todo. Tú ibas caminando por la calle con tus amigos y yo acababa de salir de ayudar a mi madre con el tedioso papeleo de la tienda. Bajo la incipiente lluvia abrí aquel paraguas que me había entregado ella al ver que el chaparrón no arreciaba y me esperaba un largo camino hasta casa. En ese momento solo viste cómo me iba alejando por la acera intentando que mis botas pisasen el menor número de charcos mientras corría calle abajo, hasta que me convertí en un puntito carmesí en el horizonte, junto a otros puntitos de colores tras los que se resguardaban el resto de los transeúntes.

Tú, que caminabas detrás charlando sobre los planes de aquella noche; yo, con la cabeza puesta en los minutos que quedaban para que saliese el último tren hacia casa. En ningún momento pensamos que estaba aguardándonos nada juntos, desconocíamos la existencia de ese “nosotros”. Pero el destino quiso volver a juntarnos esa noche cuando yo, en un intento de devolverle el favor a mi compañera de piso, finalmente accedí a acompañarla al bar de abajo a por la cena de aquella noche. Allí os vio a vosotros, sus antiguos compañeros del instituto, y allí nos vimos nosotros: la chica que esquivaba charcos y el chico que fijó sus ojos avellana en ella. De esa forma fue cómo, meses después, comenzó nuestra relación: de camino al bar que siempre solíamos visitar con nuestros amigos esas noches en las que el frío acompañaba a entrar en algún local para mantener la charla.

A partir de ahí todo pasó muy rápido. Surgió el amor y tras cumplir nuestro primer año como novios decidimos que debíamos de probar la convivencia juntos. De ese modo acabamos escogiendo un pequeño piso a las afueras de la ciudad porque nos aportaba “calma e intimidad”. Esa fue nuestra primera raíz (pero no la única) que creció bajo nuestros pies. Conforme las demás fueron apareciendo, estas se extendieron de un lado a otro como si quisieran tocar y sentir todo lo que había a nuestro alrededor; todo aquello que solo podíamos alcanzar tú y yo.

Recibimos la vida adulta juntos, cogidos de la mano y a pasitos cortos pero confiados que auguraban un camino placentero simplemente porque nos teníamos el uno al otro. Todas las mañanas al abrir los ojos y encontrarte tendido a mi lado me recordaba lo afortunada que era; haber dado con alguien que me entendiese y me acompañase durante el camino no era algo sencillo y aún así ahí estabas, vulnerable y confiado junto a mí.

Pero al igual que no todo lo malo dura siempre, al tiempo descubrí que tampoco lo hace todo lo bueno. Amanecimos en una misma dirección pero para cuando se pone el sol me encuentro más distanciada de ti, nuestros caminos divergen aunque siento como intentas mantenerlos juntos. Ahora es mi turno de repetir aquellas palabras que una vez me dedicaste, esa tarde de verano, cuando intentaba que aquel perro callejero se acercase a mí: “Cariño, no lo fuerces. A veces simplemente no se está preparado.” Y ahora lo entiendo. De la misma forma que ese perro se alejó por una vida falta de caricias, hoy yo me alejo por una relación que estuvo llena de un amor que en algún momento dejó de alcanzarme.

No podré culparte a ti, nunca podría, pero tampoco puedo culparme a mí. Intentar que los sentimientos sean siempre los mismos es como intentar que las hojas de los árboles no cambien con la entrada de cada estación; es tedioso a la par que imposible. Hoy el recuerdo de lo que una vez fuimos me inunda de un sentimiento cálido que no podré olvidar nunca, por lo que siempre te estaré agradecida por aquel tiempo en el que ambos logramos sobrevivir simplemente alimentándonos el uno del otro, haciendo que esas raíces nos mantuviesen estables ante las inclemencias de la vida.

No quiero que veas esta carta como un “adiós” sino como un “gracias”. La figurita de la disputa está donde tú siempre quisiste ponerla, en la cómoda del dormitorio para que, como tú decías para molestarme:“tengamos algo que aporte un poco de estilo a la habitación”. Ahora podrás verla cuando te tumbes en la cama y acordarte de que, a veces, los cambios no están tan mal; que aunque yo ya no esté a tu lado contemplándola, algún día estará otra chica maravillosa haciéndolo porque personas como tú están destinadas a compartir su vida con alguien y, al parecer, el destino no estaba preparado para que esa fuese yo.


 Firmado:
                         La chica del paraguas rojo.



martes, 4 de julio de 2017

Direcciones

Barbillas apuntando al cielo,
caminos estrechos y recogidos ,
pasos que golpean la calzada a ritmo frenético.
Pies débiles y cansados sostienen en la tierra
a quien ansía volverse suspiro de su boca;
rozar con las yemas de los dedos lo que nadie quiere y ella aspira.

Capullo cerrado apuntando al suelo,
pétalos malva decoran sus sueños y perecen en el día.
Tormento eterno respirar con calma
sabiendo que por dentro el mar brama
y ella, pelo mojado y arena en las rodillas,
ahoga la semilla de su lamento sin fin.

Ojos cristalinos apuntando al frente,
determinación apurada fruto de la prisa.
Movimiento en falso a modo de huida
que intenta aunar corazón y mente
consciente de que, sin apoyos o con ellos,
el camino sigue adelante
y el pasado no es más que un instante
al que nos enfrentamos hace tiempo.