lunes, 14 de agosto de 2017

Decorando con palabras #5


¡Hola! Por cuestiones personales (ejem ejem pereza ejem ejem) la entrada se ha retrasado una semana, pero mejor hacerlo tarde que nunca. Os recuerdo que podéis pasaros por el blog de Galería de una desconocida para ver su texto sobre la foto. Espero que os guste :)




-Y será entonces cuand… ¿has oído eso?- dijo el hombre de la gorra mientras que con su mirada inspeccionaba todo el área de bosque que los rodeaba.

-No empieces otra vez. Siempre te vuelves paranoico por cualquier ruido y luego resulta ser el viento o un simple animal.- Dijo la mujer de pelo rapado. Livia, congelada tras el tronco de un árbol, intentó no temblar del miedo aunque por desgracia su intención no podía superar el susto que la dominaba en ese momento. Las palmas de sus manos están resbaladizas y podía escuchar cómo la sangre corría a través de su cuerpo preparándola para lo que pudiese suceder a continuación.

-Lo que tú digas.- replicó el hombre mientras recogía la caja del suelo. 

Livia no podía parar de preguntarse qué es lo que podía haber en su interior. En un principio no le había parecido más que una simple caja que, con un poco de suerte, se encontraba vacía e iban a llenar justo en esos instantes, lo que sería más que conveniente para la investigación que había estado llevando a cabo durante estas últimas semanas. Pero la suerte no estaba de su lado esa tarde y, a juzgar por el resoplido del muchacho y la tensión que reflejaban los brazos de este al cargarla, la caja no había sido llevada allí para llenarla y, al parecer, tampoco para vaciarla, porque la chica en esos instantes se agachó para coger una pala y empezar a cavar.

 Livia no podía más que odiarse tras esto. Se había puesto en peligro solo para ver cómo enterraban una caja, algo para lo que no era necesario hacer semejante viaje ya que solo le bastaba asomarse a la ventana de su cuarto para ver cómo su perro había vuelto a cogerle una zapatilla y se disponía a enterrarla (toda babeada y mordida)  junto a cualquier pelota de tenis que le hubiese robado a los vecinos.

Mientras Livia observaba la escena, la caja empezó a tambalearse y emitir una luz rojiza. El chico, maldiciendo por lo bajo, le dio una patada que hizo que la luz desapareciera. Él, con el rostro tenso y los ojos llenos de desconfianza, se sentó encima de la tapa negra con lo que parecía la intención de hacer peso sobre la caja para lograr que lo que hubiese ahí dentro no pudiese salir antes de ser enterrado. Y aunque Liv había intentado taparse la boca lo más rápido posible, no había conseguido hacerlo con la suficiente celeridad como para evitar que su pequeño grito de sorpresa llegase a oídos de la pareja. ¡Era esa extraña luz de nuevo! ¡La de la noche en la que empezó toda esta locura! ¿Cómo hace veinte minutos le había podido parecer una buena idea perseguir a esta gente? ¿A caso quería morir sola en un bosque en el que nadie jamás lograría encontrar su cadáver?

-¡Eh! ¡Eh! ¡¿Quién anda ahí?! Mierda Neith, te lo dije. –dijo el hombre mientras sacaba de su pantalón una pistola y la chica ¿Naiz? cogía la pala como si fuese un bate de beisbol.

-Genial- murmuró Liv- o muero de un tiro o de un palazo en la nuca.- No necesitó más que un vistazo para entender que chico con pistola más chica con pala (y posiblemente otra amiguita rellena de plomo atada a alguna parte de su cuerpo) iba ser igual a una Liv criando gusanos como no se diese prisa y saliese de allí lo más rápido posible. Así que, intentando pisar en el terreno más firme y rezando a todo lo que tuviese nombre para que llegase la noche y todavía siguiese respirando, Liviana intentó alejarse lo máximo posible de esos dos locos y su caja de los misterios. ¿Sabía hacia donde se dirigía? No, y la verdad es que en ese momento se estaba arrepintiendo mucho de no haber formado parte de los Scouts para ser capaz de construir alguna trampa para osos que atrapase a Míster Pipa y Miss Pala.

Para cuando se quiso dar cuenta, Liv ya había cruzado medio bosque dando a parar a la orilla del lago que bordeaba parte del terreno. No había que ser muy perspicaz para saber que su única oportunidad de salir indemne por el momento era esconderse ya que, viendo su agitada respiración y el sudor que empapaba gran parte de su cuerpo, estaba claro que no se veía preparada para seguir corriendo bosque a través. Sabía que, por muy poco apetitosa que le pareciera, su solución se encontraba justo en frente. En otro momento el muelle hubiese sido el mejor lugar para sentarse y disfrutar de las increíbles vistas, pero en ese momento la madera iba a dejar de cumplir la función para la que fue construida.

Con las voces de sus perseguidores a su espalda mientras intentaban organizarse para encontrarla, Liv se dirigió hacia el lago y empezó a meterse en el agua. No podía evitar girar la cabeza y dirigir su mirada hacia la linde del bosque a cada sonido que escuchaba; sabía que de un momento a otro aparecerían a través de los árboles y esta vez no se lo pensarían dos veces antes de dispararle una bala en la cabeza.

Una vez dentro, con el agua rozándole la barbilla con cada movimiento de brazos que hacía, Liv se escondió debajo del muelle y fue mientras intentaba controlar su pánico creciente, cuando sintió cómo un pie se posaba en la estructura de madera. A través de las rendijas que se abrían entre tablón y tablón pudo ver la cabeza rapada de la mujer, y cómo su barbilla pasó de apuntar al horizonte a apuntar al suelo y con ello reunir los ojos marrones de Liviana con los verdes de su futura asesina.


Ante esto lo único que se vio capaz de hacer en ese momento fue cerrar las ojos porque sabía qué era lo que le esperaba, y aunque cada vez que sucedía le aterrorizaba por si algún día no volvía a salir del agua, supo que era su única forma de huir. Fue así, con un simple un roce en el tobillo, cómo Liv supo que la criatura ya estaba aquí, nadando bajo sus pies. Neith no escuchó ni un sonido, solo supo que tras un parpadeo la chica que estaba aterrada bajo el muelle había pasado a ser una mancha borrosa que estaba siendo arrastrada hacia el fondo. 

La única prueba de que segundos atrás un ser vivo había estado en el agua era  la estela de burbujas que cada vez subían desde una profundidad mayor. Para cuando el hombre llegó a la escena, todo rastro de la chica había sido borrado por algo que haría que Neith no se acercase nunca más a ese lago en su vida.

lunes, 7 de agosto de 2017

El monstruo ha llegado.

Mamá, el monstruo duerme detrás de mí y, sin permiso, cuando abre sus párpados para mostrarme sus cuencas vacías,  se cuela dentro de mi mente. Entonces es cuando empieza la tormenta. 


Siempre estás ahí. Noto tu presencia a mis espaldas a pesar de que ya han pasado años desde la primera vez que apareciste. Odioso y paralizante, te has dedicado a ir robando sonrisas y a aumentar las respiraciones superficiales y angustiosas. Te dedicas a tomar forma de habitación sin puertas ni ventanas, no hay una sola rendija que me permita respirar un aire distinto al viciado y pegajoso que reina en tu pútrida presencia.

Te apoderas de mí como si estuvieses jugando a las marionetas, en un momento me llenas de miedo controlando lo poco que soy  y en otro me sueltas, dejándome tirada en el suelo sin forma alguna, dependiente e inútil, vacía de vida y llena de pesadillas. Prometiste que pasarías desapercibido, que solo serías una aparición esporádica contra la que luchar unas pocas veces al año. Pero eres un mentiroso, vuelves cada día a devorarme, y lo haces;  me devoras con dientes afilados que rasgan y deshacen de forma que nunca logro reunir partes con las que reconstruirme. Soy solo restos, deshechos sin nombre ni lugar. Ya no estoy ahí, ni aquí, ni en ningún lado; simplemente paso a ser parte de ti, de la basura que dejas a tu paso.

No hay día que no me pasa por la cabeza un “No lo pienses, déjalo ir. No lo pienses, por favor” porque sé que si me permito pensarlo vuelves y cuando regresas tus garras se clavan en mi espalda, aprovechando los surcos que dejaste en visitas anteriores. Y entonces tardo horas, días o semanas en conseguir que te vayas, que liberes tus uñas de mi carne y dejes que la sangre simplemente resbale por la piel en carne viva que hace años solo era espalda y que ahora se ha convertido en el lugar desde el que, como un buitre, me despedazas.

Ojalá no volvieses. Ojalá nunca hubieses llegado. Ojalá no tuviese que derramar más lágrimas por ti. Solo sabes cogerme de la mano y llevarme por caminos apartados faltos de luz y de vida. Cuando te vas y me quedo sola no tengo voz para llamar a nadie y, si llena de vergüenza y desprecio por mí misma mis cuerdas emiten un sonido, no puede salir más que llanto porque es lo único de lo que estoy hecha por tu culpa.

Ya te has llevado mucho de mí, cosas que jamás podré recuperar y sin las que sin duda mi vida nunca va a ser como la de cualquier otra persona. Me has golpeado fuerte, derrochando maldad y amargura pero, por favor, es suficiente. Para, no vuelvas. No me hagas enseñarle a mamá que hay monstruos que no se van ni con las luces encendidas.

martes, 1 de agosto de 2017

Decorando con palabras #4


¡Feliz Martes! No hay que ser un genio para ver que me he retrasado unos días con la entrada, pero ya sabemos que las musas aparecen cuando quieren y que a veces los horarios a los que tenemos que ajustarnos a diario no ayudan mucho a que estas acudan. Como siempre recordad que esta sección la hago junto el blog Galería de una desconocida, por lo que no olvidéis pasaros por ahí para ver otros puntos de vista de la misma imagen. Espero que os guste y haya merecido la pena la espera :)






Y, ante todo, que tengas dulces sueños. 


-Que tengas dulces sueños, cariño.-dijo la madre mientras arropaba a su hija que se encontraba tendida en su sencilla cama color turquesa. Se inclinó para apagar la lámpara que iluminaba la estancia con una luz anaranjada con la promesa siempre en mente de que dejaría la luz del pasillo encendida para que la pequeña Emily no se encontrase a oscuras. Pero justo antes de darle al interruptor la niña por fin habló, tras tres días llenos de obstinado silencio por la marcha de su hermano mayor.

-Madre, ¿cuándo va a volver? Echo de menos que juegue conmigo y además aún tenemos a la mitad el puzle que empezamos esta semana. Él me prometió que lo íbamos a terminar juntos…- Diane, sin poder devolverle la mirada, se centraba únicamente en que sus ojos no se humedecieran mientras, con la voz colmada y susurrante, respondía: - Conejito, tu hermano me dijo antes de irse que confiaba en que tú pudieses completarlo sola porque eres una chica muy lista y él no puede volver ahora mismo.-

Los ojos de Emily rebosaban la cabezonería propia de un niño que no llega a entender del todo pero que sabe que no ha obtenido la respuesta que esperaba. Su madre, aún sentada en el lateral de la cama, rezaba por dentro para que no hubiese más preguntas, al menos no más por esa noche. El día ya se había hecho lo bastante duro, no había momento que no estuviese lleno de una tensión digna de acabar con la poca cordura que le quedaba. Su día se basaba en mirar al cielo rogando porque no hubiese sobrevolando una bomba sobre sus cabezas, y en mirar los titulares de los periódicos para ver cuál era el estado de las tropas británicas entre las que ahora se hallaba su hijo. Le cogió la mano a la niña y, justo antes de apagar la luz, echó un rápido vistazo al calendario que colgaba de la pared y que, con letras gruesas y curvas, avisaba de que era 14 de agosto de 1940: un día más sobrevivido, un día menos al que hacer frente.

Emily, abrazada a su pelirroja muñeca de trapo, bostezó y momento seguido notó cómo sus ojos desprendían dos gruesas lágrimas por ello. Por supuesto que la contestación que le había ofrecido no le había parecido suficiente pero, aún así, llevada por el cansancio y con el cuento que le había leído su madre minutos antes aún en mente, decidió que podía retomar el tema mañana al despertarse. Fue así cómo, con la cabeza hundida en la mullida almohada y las manos reunidas bajo su mejilla, la pequeña Emily empezó a soñar.


Lo primero que pudo observar eran los zapatos rosa pálido que adornaban sus pies, nunca había visto unos tan bonitos. Un pequeño botón con forma de florecilla se encontraba en un lateral del zapato uniendo a este la fina tira trenzada que hacía que el calzado se mantuviese sujeto al diminuto pie. Ataviada con su vestido favorito y su muñeca entre las manos, Emily alzó la vista para ver todo aquello que la rodeaba. A su izquierda se encontraba un lago lleno de cisnes sacado del cuento que le había leído su madre esa noche. Pero lo que más le sorprendía eran los árboles que, en ambos lados, decoraban el sendero sobre el que comenzó a caminar. Estos desprendían pequeños pétalos rosas y, aunque ella no había visto nunca uno en persona, sabía de su existencia gracias a todas las experiencias que su vecina les contaba sobre su vivencia en el extranjero.

Tras un pequeño paseo en el que se cruzó desde su amiga del colegio Abi hasta aquel gato atigrado que siempre la observaba cuando saltaba a la comba en el parque trasero de su casa, Emily optó por descansar en un viejo banco. Junto a ella sentó a su muñeca Carol y fue entonces cuando él apareció. Engalanado con un impecable traje digno de los más altos mandatarios de la época y con un sombrero de copa, frente a ella se encontraba su querido Johnny.

-¡Hermanito!- gritó Emily mientras se abalanzaba hacia él y le rodeaba el cuello con sus cortos brazos. La niña derrochaba alegría, ¡por fin estaba de vuelta! ¡por fin todo volvería a la normalidad y estos tres últimos días no serían más que un mal recuerdo que olvidaría con el tiempo! John, sonriente por la bienvenida que le había dado su hermana, se quitó el sombrero de copa y se sentó junto a ella con la muñeca en el regazo para poder hacerse sitio. Fue entonces cuando llegó la batería de preguntas más temida y esperada: -¿Dónde has estado? No te vas a volver a ir, ¿verdad? Quiero que sepas que no he tocado el puzle, que he esperado a que regresaras. Sabía que lo ibas a hacer.- dijo mientras le enseñaba su sonrisa mellada.

-Conejito,  he estado en Nueva York trabajando como abogado y, como puedes ver, me está yendo de maravilla. Tienes que entender que ahora mismo no puedo volver pero que en un futuro lo haré y te traeré todos los puzles y muñecas que quieras.- afirmó John mientras le cogía una mano a la vez que con la otra le tiraba de una de las trenzas que decoraban su cabello.

-Pero, ¿por qué no estar con nosotros? Yo quiero estar contigo- respondió Emily al borde de las lágrimas.

-Voy a seguir estando contigo. Siempre que quieras verme no tienes más que pedirlo y yo estaré aquí para ti. Quiero que termines el puzle que te regalé y me demuestres lo bien que puedes llegar a hacerlo estando sola.- respondió con una mirada iluminada, llena de un orgullo que ya declaraba que no le hacía falta que su hermana hiciese nada para saber que era lo suficientemente fuerte y valiente para superarlo todo. –Y ahora, para recompensarte, te voy a comprar uno de esos polos que tanto te gustan. Recuerda que no le puedes decir nada a madre o nos regañará, ¿de acuerdo?-.

Emily, sentada en el banco y con sus pies colgando en el aire debido a su baja estatura, vio cómo su hermano se levantaba y dejaba tras él su sombrero de copa que estaba siendo rodeado por los finos y curvados pétalos que parecían caer de todos lados. Y fue así, mientras veía la figura de su hermano hacerse más y más diminuta, cuando Emily abrió los ojos.


Notando la fuerza con la que abrazaba su muñeca, relajó sus brazos hasta que descubrió que su madre estaba dormida junto a ella, hecha un ovillo y todavía con las mejillas empapadas y los ojos hinchados. De esa forma Emily comprendió que, aunque no era más que un sueño, intentaría mantenerlo vivo el mayor tiempo posible por ella, por su hermano y por su madre. Porque era más fácil vivir en esa burbuja viendo la realidad difuminada antes que dejar que esta le explotase en plena cara. 

domingo, 23 de julio de 2017

Decorando con apalabras #3

¡Hola! Espero que hayáis tenido una buena semana y que, si no ha sido así, se os haya hecho corta. Hoy, como cada domingo, os dejo el relato que he escrito a partir de, en este caso, la ilustración de Tom Ward. Como siempre os digo que os paseis por el blog  Galería de una desconocida con la que hago esta sección y escribe cosas geniales. Espero que os guste :)







De pequeños todo resulta una fantasía de la que somos conscientes solo a medias tintas, la vivimos implicándonos mucho o nada pero sin saber el por qué o para qué. Hoy, ya mayorcitos, reconozcamos aquello de lo que nos dimos cuenta hace tiempo pero deseamos que no lo hubiésemos hecho: los cuentos son mentira, producción de estudios de animación, relatos que nos ayudan a irnos a dormir tras los que se esconde una persona que busca conjurar palabras con las que introducirnos valores.

Entretejen de forma cuidadosa lo que quieren que aprendamos y dejan en la postproducción lo que no es políticamente correcto para nuestra edad. Muchos pensareis que detrás de las cámaras se encontraban las drogas, el sexo o el dinero, yo digo que se encontraba el aprender a quererse a uno mismo.

Todas teníamos nuestro cuento favorito de pequeños, aquella cinta de La bella y la bestia, Blancanieves o El rey león que no dejaba de introducirse en el aparatito rectangular que habitaba bajo nuestra televisión y sobre el que se acumulaba el polvo que nuestra madre, plumero en mano y chupete en el bolsillo, intentaba erradicar cada semana.

Los cuentos nos hacían sentir en otro mundo; nos mostraban cómo trepar torres sobre un pelo larguísimo, volar, vivir en la selva o hablar con finas tazas de porcelana. Lástima que entre tanta aventura no cupiese un poco de amor propio y menos utopía de amor romántico. Ahora veo que no solo la Cenicienta se merece un vestido nuevo y bonito con el que pueda sentirse cómoda, también lo necesita esa “malvada bruja” que cada mañana se atormenta pensando que no es suficiente. Quizás necesitamos tirar ese espejo parlante a la mierda porque lo único que hace es guiarse por el cuerpo normativo que impone la sociedad patriarcal para decidir quién es guapa o no, ¿no pensáis que ese tío de cara translucida no tiene el más mínimo derecho de decir quién es la más bella? Si no va a decir nada útil, le montraría lo bien que queda en su cara la suela de los zapatos bajos que le pensaba agenciar a Cenicienta para su baile. Los zapatos de cristal se los reservo al príncipe ya que le gustan tanto y que, con ellos,  pretenda estar hasta las doce de la noche, a ver cuánto aguanta.

Y aunque las bromas se cuelen en el relato la verdad está ahí: basta de envenenarnos desde pequeñas con que tenemos que luchar entre nosotras y vernos como rivales solo por un hombre. Gracias a muchos cuentos hoy gran parte de las mujeres somos brujas, pero ahora con orgullo. Yo soy bruja porque tengo poder y también inseguridades, pero ahora he cambiado mi espejo; en él ya no me espera el tonto de turno para decirme con una simple mueca si me veo bien o mal para él, ahora me veo yo, me miro a los ojos y me digo “Estás preciosa, te espera un día en el que pueden pasar mil cosas y espero que así sea, pero hay una que no voy a dejar que cambie, y es la percepción que tengo sobre mí misma.” Y, para aquellas que todavía cuentan con ese espejo que ni si quiera permite mirarse a una misma, yo estaré ahí, siendo tu recordatorio diario de que no hay nada que arreglar porque siempre fuiste y serás correcta, válida, suficiente y capaz de amarte y amar a los que te quieran tal y como eres. 

domingo, 16 de julio de 2017

Decorando con palabras #2



¡Hola! Os recuerdo que esta sección la hago junto a mi amiga del blog Galería de una desconocida  
y consiste en que le pedimos una foto cualquiera a uno de nuestros amigxs/familiares y a partir de ella hemos de escribir cualquier cosa que se nos ocurra. No hay límite de palabras, ni ha de ser de ningún estilo o tema en particular. La foto de la semana y su texto correspondiente es el siguiente. Espero que os guste :)



 

Antes de llegar a abrir los ojos noto cómo la cama se hunde un poco a mi lado y ya sé que se trata del pequeño Gulliver. Como cada día puedo escuchar su jadeo para, segundos después, notar su lengua en mi mejilla. Para variar, como cada día le respondo con un “¡buenos días a ti también, chico!” mientras acaricio su cabeza.

A pesar de que son las siete de la mañana, hoy no tengo que trabajar. El problema es que el pequeño Gulliver se ha acostumbrado a ser mi despertador personal y no distingue un domingo de un lunes. Aun así yo nunca fui una persona de las que se levantan muy tarde, por lo que no me molesta estar despierto tan temprano.

Al incorporarme veo que el pequeño ha estado haciendo de nuevo otra de sus trastadas y, aprovechando que por despiste me dejé el armario abierto anoche, ha decidido esparcir la ropa que tenía doblada en la parte baja de este por todo el suelo. Sinceramente, no es algo que me sorprenda; desde el primer momento que lo vi junto a ella ambos supimos que no se trataba de un perro fácil.

Tras cinco minutos ordenando la ropa que se encontraba desparramada, veo que una de las camisetas se ha colado por detrás de las cajas de zapatos y, en un intento de alcanzarla, la veo. Esa caja negra con remaches plateados que llevaba meses sin cruzar mi mente y que, con un simple vistazo, puede despertar tantos sentimientos distintos en mí. Aunque me encontraba un poco reticente, decidí cogerla ya que tenía mucha mañana por delante y pensé que no sería malo matar un poco el tiempo trasteando su contenido.

De esa forma, sentado en el suelo y con las manos un poco temblorosas, abrí y giré la tapa para leer, de mi puño y letra, “Personas que se fueron, notas que perduraron”. Y ahí está, todo aquello que escribieron las que un día fueron personas realmente importantes en mi vida y, para qué mentir, todavía siguen estando en el fondo de mi mente.

La primera nota que encuentro es la carta que me solía mandar mi madre cada semana para preguntarme cómo iba “por las Américas”. A pesar de que lo discutí muchas veces con ella, se negaba a que hablásemos por Whatsapp ya que decía que le quitaba encanto a la comunicación. Ahora me alegro de su cabezonería porque así puedo releer las cartas y ver cómo, cada una de ellas, iba acompañada de una foto que se tomaba con mi padre en un lugar distinto de todos los que había frecuentado de forma asidua en mi infancia. Y es que mi madre no solo sabía hacerme sentir cerca de ellos, sino también cerca de lo que hoy en día sigo llamando mi hogar.

Dejo sus cartas donde se encontraban; apiladas en una esquina de la caja para hacer hueco a otras notas como la primera carta de amor que me escribieron (y la única), la hoja de dedicatorias de los amigos que hice en un campamento de verano entre otras hojas adornadas con distintas caligrafías. Y es en un intento por recolocar todas estas bien que viene la catástrofe; es ver ese sobre de color verde y siento como si todas las cartas que hay en mi regazo pesasen toneladas en vez de gramos. El sudor se acumula en mi nuca y yo solo tengo ojos para esa carta al igual que una vez solo tuve ojos para ella.

Soy ridículo. Tanto que podrían hacer conmigo una viñeta de las que publican los periódicos en forma de sátira. Me imagino en mi mente cómo, un hombre de bigote espeso y café en mano, pasa las páginas del periódico para ver un boceto de mí intentando ser aplastado por notas y más notas de gente que se fueron y que solo dejaron retazos de papel para que los recordase. Tan increíblemente amables o crueles que esas hojas fueron destinadas a que mi corazón nunca pudiese sanar ni llegar a olvidarlos. Me cabreo conmigo mismo al pensar que solo con llegar a ver esa carta puedo sentirme tan abrumado, como si las paredes se me viniesen encima y, en un intento desesperado por salvarme, empujase mis manos contra ella pero solo sirviese para que venirme aún más abajo.

Casi diez meses después aquí sigo intentando pasar página, pero la vida no me lo está poniendo fácil. Semanas tras leer la carta de sobre verde me volví a encontrar a ese perro que en un futuro se convertiría en Gullivert, mi fiel compañero. Esta vez ella no estaba a mi lado llevando ese vestido de flores que le daba un aire parisino, ni era ella la que se intentaba acercar al perro en un intento de lograr acariciarle; ahora solo estaba yo. Vestido con mi chaqueta oscura para protegerme del frío y en cuclillas para intentar acercarme al perro, le dije “ven chico, ¿te acuerdas de mí?” tras eso, aunque un poco asustado, esta vez se acercó unos pasos. ¿Sinceramente? No necesité más. Sé que él era merecedor de una segunda oportunidad y yo pensaba dársela ya que ella me negó la mía tras su huida.
 
Ahora miro cómo Gullivert se encuentra sentado entre mis sábanas, fijándose en mí con esos ojos limpios que solo pueden ser parte de seres con mentes puras. Con solo una mirada y un movimiento de su cola, hoy Gullivert me recuerda que, al igual que hubo muchas cosas que terminaron con ella, también hay muchas otras que empezaron tras su marcha. Me siento más valiente y preparado, y aunque todavía su recuerdo me duele, poco a poco me voy haciendo a la idea de que no es más que otra de esas personas que pasan a formar parte de las que se fueron y dejaron notas para el recuerdo. Así que, con el corazón menos desbocado y un pulso más firme, saco la carta y comienzo a leer para intentar de una vez llegar a ese punto en el que deslizar mi mirada por su letra deje de doler:

"Querido Lucas:

Te estarás preguntando qué hace una carta dirigida hacia ti en..."



miércoles, 12 de julio de 2017

Perdona que te moleste

Titubeas, siempre hay un momento de duda. Lo piensas, cuentas en tu mente hasta tres y simplemente dejas que fluya. “Felicidades, lo has hecho.” –piensas- “Te has abierto a esa persona." A partir de ese momento los ritmos se aceleran esperando una respuesta (sabes que no todo el mundo puede comprenderlo, que no todo el mundo sabe o quiere hacerlo) pero no pierdes la esperanza de que esta persona sea una de las pocas elegidas, de aquellas que están dispuestas a volverse vulnerables para sostener por un tiempo parte de tu dolor y hacerlo todo más sencillo. Todo comienza de una forma insulsa y de repente los rumbos han cambiado, la brújula ha mostrado una guía nueva a la que te puedes agarrar. Desaparece el miedo: esa persona te hace sentir cómoda y válida; te hace sentir que quizás valió la pena esperar a que llegase ella.

Porque no nos engañemos, las conversaciones que sanan surgen con personas que alivian, miman y cuidan esas heridas a las que tú solo sabes echar sal. Es justo ese momento en el que te das cuenta de que quizás no tengas que hacerlo todo solo, que a veces está bien abrirse, dejar las heridas reposar y que, como heridas que son, duelan pero hagan algo más; avancen, vayan sanando poco a poco y acaben dejando una cicatriz que muestre una piel más rosada. Aquella piel que resplandece con más fuerza con el sol y que te recuerda que hay que estar felices de que brille hoy, porque eso significa que algún día oscureció una parte de ti.

Hoy doy gracias porque, aunque no lo haya hecho de forma directa, he dicho sin palabras y únicamente con miradas: “Perdona que te moleste. Perdona que vaya a soltarte todo esto pero simplemente me siento demasiado cómoda a tu lado.” Y cuando lo sueltas a escondidas, con miedo, rápido por si tienes que retirarte antes de la gran caída, existe ese temor de que no exista una retirada a tiempo. Pero hoy estabas tú, una de esas personas que te hacen ver que andas por la vida como un vaso colmado de agua que, al filo de la mesa, cuenta con las mismas posibilidades de caerse, derramarse y romperse, como de tambalearse y que lo sostengan. Tú hoy fuiste esa mano, esa conversación para estar agradecida no solo porque tú también te has abierto a mí, sino porque has creado ese ambiente que me ha permitido abrirme a mí y aprender pedacitos de mi interior que se escondían.


Porque eres una persona que inspira, porque nada más despedirme de ti he empezado a escribir esto de camino a casa. Por eso siento que hoy, al marcharme, la única forma que conozco de darte las gracias es esta.

domingo, 9 de julio de 2017

Decorando con palabras #1




¡Hola! Hoy traigo nueva sección, en este caso en colaboración con mi amiga del blog Galería de una desconocida. Esta consiste en que algún amigo/a o familiar escoge una foto por nosotras y a partir de ella tenemos que escribir lo que nos inspire. No hay un número fijo de palabras que debamos escribir ni ningún estilo en concreto, simplemente consiste en dejarse llevar.

 En este caso nuestra primera foto es la siguiente:





Querido Lucas:

Te estarás preguntando qué hace una carta dirigida hacia ti en la mesa del salón, donde debería de estar esa figurita que te empeñaste en comprar en aquel mercadillo que circundaba el paseo marítimo y que sabías que me parecía de lo más bizarra. La respuesta la tienes aquí, porque al igual que antes no me callé lo que sentía, pienso que no sería justo que lo hiciese ahora.

¿Recuerdas ese paraguas rojo? Él fue el detonador de todo. Tú ibas caminando por la calle con tus amigos y yo acababa de salir de ayudar a mi madre con el tedioso papeleo de la tienda. Bajo la incipiente lluvia abrí aquel paraguas que me había entregado ella al ver que el chaparrón no arreciaba y me esperaba un largo camino hasta casa. En ese momento solo viste cómo me iba alejando por la acera intentando que mis botas pisasen el menor número de charcos mientras corría calle abajo, hasta que me convertí en un puntito carmesí en el horizonte, junto a otros puntitos de colores tras los que se resguardaban el resto de los transeúntes.

Tú, que caminabas detrás charlando sobre los planes de aquella noche; yo, con la cabeza puesta en los minutos que quedaban para que saliese el último tren hacia casa. En ningún momento pensamos que estaba aguardándonos nada juntos, desconocíamos la existencia de ese “nosotros”. Pero el destino quiso volver a juntarnos esa noche cuando yo, en un intento de devolverle el favor a mi compañera de piso, finalmente accedí a acompañarla al bar de abajo a por la cena de aquella noche. Allí os vio a vosotros, sus antiguos compañeros del instituto, y allí nos vimos nosotros: la chica que esquivaba charcos y el chico que fijó sus ojos avellana en ella. De esa forma fue cómo, meses después, comenzó nuestra relación: de camino al bar que siempre solíamos visitar con nuestros amigos esas noches en las que el frío acompañaba a entrar en algún local para mantener la charla.

A partir de ahí todo pasó muy rápido. Surgió el amor y tras cumplir nuestro primer año como novios decidimos que debíamos de probar la convivencia juntos. De ese modo acabamos escogiendo un pequeño piso a las afueras de la ciudad porque nos aportaba “calma e intimidad”. Esa fue nuestra primera raíz (pero no la única) que creció bajo nuestros pies. Conforme las demás fueron apareciendo, estas se extendieron de un lado a otro como si quisieran tocar y sentir todo lo que había a nuestro alrededor; todo aquello que solo podíamos alcanzar tú y yo.

Recibimos la vida adulta juntos, cogidos de la mano y a pasitos cortos pero confiados que auguraban un camino placentero simplemente porque nos teníamos el uno al otro. Todas las mañanas al abrir los ojos y encontrarte tendido a mi lado me recordaba lo afortunada que era; haber dado con alguien que me entendiese y me acompañase durante el camino no era algo sencillo y aún así ahí estabas, vulnerable y confiado junto a mí.

Pero al igual que no todo lo malo dura siempre, al tiempo descubrí que tampoco lo hace todo lo bueno. Amanecimos en una misma dirección pero para cuando se pone el sol me encuentro más distanciada de ti, nuestros caminos divergen aunque siento como intentas mantenerlos juntos. Ahora es mi turno de repetir aquellas palabras que una vez me dedicaste, esa tarde de verano, cuando intentaba que aquel perro callejero se acercase a mí: “Cariño, no lo fuerces. A veces simplemente no se está preparado.” Y ahora lo entiendo. De la misma forma que ese perro se alejó por una vida falta de caricias, hoy yo me alejo por una relación que estuvo llena de un amor que en algún momento dejó de alcanzarme.

No podré culparte a ti, nunca podría, pero tampoco puedo culparme a mí. Intentar que los sentimientos sean siempre los mismos es como intentar que las hojas de los árboles no cambien con la entrada de cada estación; es tedioso a la par que imposible. Hoy el recuerdo de lo que una vez fuimos me inunda de un sentimiento cálido que no podré olvidar nunca, por lo que siempre te estaré agradecida por aquel tiempo en el que ambos logramos sobrevivir simplemente alimentándonos el uno del otro, haciendo que esas raíces nos mantuviesen estables ante las inclemencias de la vida.

No quiero que veas esta carta como un “adiós” sino como un “gracias”. La figurita de la disputa está donde tú siempre quisiste ponerla, en la cómoda del dormitorio para que, como tú decías para molestarme:“tengamos algo que aporte un poco de estilo a la habitación”. Ahora podrás verla cuando te tumbes en la cama y acordarte de que, a veces, los cambios no están tan mal; que aunque yo ya no esté a tu lado contemplándola, algún día estará otra chica maravillosa haciéndolo porque personas como tú están destinadas a compartir su vida con alguien y, al parecer, el destino no estaba preparado para que esa fuese yo.


 Firmado:
                         La chica del paraguas rojo.